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martes, 13 de mayo de 2014

EVALUACIÓN DOCENTE: PUNTO DE PARTIDA PARA LA OPTIMIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR.

William Felipe Hurtado Quintero
Universidad Libre, seccional Cali.
(Septiembre de 2012)

RESUMEN

El presente trabajo da a conocer una realidad incontrovertible en los procesos de evaluación docente en la Universidad Libre de Colombia, haciendo énfasis en la seccional Cali, mediante el análisis tripartito de cada uno de los parámetros de calificación que conviven alrededor de la Institución,  con la aplicación del método visión-crítica-propuesta, que permite contextualizar la problemática, identificar los obstáculos para su saneamiento y posteriormente, desenredar el enigma a través de la formulación de alternativas puntuales y pragmáticas. Lo anterior, con el fin de demostrar que dicho sistema va en contravía del mismo Reglamento Docente, además de minimizar en alto grado la esencia de la profesión. Asimismo, se pondera el papel de la organización sindical y su impacto en la realidad universitaria, reconociendo su esencia histórica como médula de crítica y desarrollo social. Esto en relación con la actividad estudiantil, que a la par con el sector docente, conforman el núcleo base que sostiene la estructura universitaria, es decir, la comunidad académica.
PALABRAS CLAVE
Universidad, evaluación docente, organización sindical, movimiento estudiantil.
INTRODUCCIÓN
A diferencia de cualquier institución, la Universidad es llamada a la creación de conocimiento para transformar y levantar estructuras hacia la justicia social. Esto presupone la relación prolongada de aquellos que son educados, con aquellos que imparten saber y cultivan el pensamiento; por tanto, toma valor la existencia de un sistema que permita medir el cumplimiento de la función social que recae en los maestros. Este mecanismo es el sistema de evaluación docente.

En el presente trabajo, nos proponemos como objetivo principal analizar el sistema de evaluación docente con cada uno de sus componentes estatutarios, aplicando el método de visión-crítica-propuesta, que de forma pragmática creará una familiarización de conceptos, contextos y soluciones.

En este sentido, se han de tener en cuenta aspectos materiales de dicho sistema, aplicado en la Universidad Libre de Colombia. Asuntos como la metodología en la realización de la prueba por parte de cada uno de los estamentos, su pertinencia, los parámetros valorativos que la contemplan, sus condiciones y la eficacia de la misma a la hora de arrojar un verdadero resultado.

Todo esto para concebir la función sindical y gremial estudiantil en el desarrollo de dicho sistema y demás problemáticas de la comunidad universitaria, citando situaciones concretas, con sus características y resultados, para así tenerlas como punto de referencia y consideración en el foro, puesto que el peso del cambio recae en la base orgánica conformada por estudiantes y docentes, tal y como lo dicta la historia.

DESARROLLO
EVALUACIÓN DOCENTE: PUNTO DE PARTIDA PARA LA OPTIMIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR.
Llama mucho la atención el debate académico que hoy nos reúne, precisamente porque es dicho epicentro conceptual el que se derruye entre la debacle de un modelo de educación que quizás se ajusta de forma anacrónica y descontextualizada a estándares internacionales de modelos educativos que van en pro de intereses más económicos que científicos; para ninguno de nosotros, que quizá por los avatares del destino, o por vocación a toda prueba, somos parte integral del maravilloso mundo de la Universidad, no puede sorprender esta realidad irrefutable que cargamos a cuestas: el rezago cultural en materia de generación de conocimiento es un flagelo de múltiples perspectivas que no se deben ceñir simplemente a los postulados leoninos del mercadeo epistemológico[1].
Todos los actores del proceso educativo debemos asumir-con objetividad-la cuota de responsabilidad que nos corresponde en la actualidad universitaria, a saber: una idiosincrasia facilista que permea a la gran mayoría del estudiantado, que so pretexto de la coyuntura saca a relucir sin metodología consecuente la emotividad propia de una juventud poco crítica, y emprende proyectos frágiles, contrastados, egoístas y fáciles de desmontar por el “enemigo”[2]; lo anterior, sin sumar aquella cantidad absurda de pereza intelectual, de modorra constructiva y de folklore parasitario que contagia a los educandos del presente (y quizás también a un grupo considerable de educadores). Faltaríamos a la verdad si no denunciáramos con certeza, cuán endeble es el espectro propositivo de nuestros protagonistas, que prefieren las más de las veces, encumbrarse en discusiones bizantinas y casi patológicas que desgastan sin piedad nuestras instituciones. El trabajo que nos corresponde es colosal, si en cuenta se tiene que debemos recapitular la cosmovisión de nuestra historia cíclica, además de propender por un quiebre paradigmático a la hora de examinar el concepto de pedagogía. El colofón de este pequeño párrafo introductorio es el inicio entonces de nuestra disertación encaminada a una de dos variables: la masificación de la educación universitaria como estandarte de nuestro desarrollo, o el fin de la educación superior como una herramienta incapaz de construir escenarios propicios para salir del pozo profundo de nuestro atraso.
Siendo así, es pertinente acotar que nuestro éxito depende de un concepto básico, ya esbozado por la filosofía clásica del lenguaje: COMUNICACIÓN. El ejercicio de la docencia, más allá de conceptos de índole pedagógica, implica una proyección del espíritu inmersa en el océano del conocimiento, a saber: la vocación propositiva. Ya el pseudomovimiento estudiantil está desencantado de un ejercicio docente sesgado y acrítico, donde los que proponen en el foro son la minoría, una minoría que no simplemente se detiene a analizar cuestiones gremiales que pretenden movilizaciones sólo para la obtención de reivindicaciones sociales. En pocas palabras, nuestra percepción-como estudiantes-acerca del docente, está dirigida por la desconfianza para interactuar en pro del mejoramiento continuo; los estudiantes ven al docente como un convidado de piedra dedicado a elaborar monólogos maniqueístas acerca de abstractas generalidades epistemológicas durante una o dos horas semanales y hasta ahí, hasta este deprimente punto llega nuestra interrelación, esa es nuestra “flamante creación de conocimiento” (vale la pena anotar que existen decorosas excepciones). El primer problema se evidencia sin dificultades: ni a los estudiantes ni al docente les interesa trascender más allá del aula de clase… ¿Quién debe tomar la iniciativa entonces?, consideramos que la respuesta no es absoluta, y a contrario sensu, es polémica y dividida: tal vez la mayoría diría sin mayor análisis que el problema es de Ustedes, el cuerpo docente, ya que son aquellos que asumen un rol orientador, motivador, pedagógico, constructivo y pues al fin y al cabo, la misión de educar va más allá de cuatro paredes y noventa minutos de cátedra lineal. Otros, sin embargo, dirían que el problema radica en el estudiantado, ya que, al final, son los educandos quienes reciben la cátedra, quienes deben matizar un compromiso de mejora paulatina mediante la exigencia de una cátedra polifacética, encaminada al descubrimiento continuo de la esencia de cada profesión; ¡Qué problema tan grande!, además, génesis incontrovertible de todos los males que se desprenden de nuestro sistema educativo[3].
Asumamos una posición ecléctica, y digamos entonces que nuestra solución, lejana en este punto, depende del método de visión-crítica-propuesta. Este método es ecléctico porque no quiere endilgar responsabilidades que toquen la susceptibilidad de nuestros compañeros de carrera. La percepción del cuerpo docente en una comunidad educativa como la colombiana, permitiría vaticinar entonces un descrédito injustificado de la profesión, si en cuenta se tiene que la practicidad del dilema les atribuye una responsabilidad mayúscula en la transformación de la visión universitaria[4]; la idea de un cuerpo docente sin mayores complejidades académicas se puede dilucidar sin mayor dificultad en la Universidad Libre de Colombia, Corporación dedicada a la prestación de servicios de educación superior de carácter privado. El estado del arte es amplio, por lo tanto sería más que ingenuo pretender asimilar una realidad que no sea de carácter local.
El hermetismo de la Universidad Libre Seccional Cali: paradigma de una involución de la calidad.
El discurso ya repasado, incluso en estas mismas líneas, dedicado a la contextualización de la Educación y a su rol en el mejoramiento […], digamos que ya no se puede seguir desgastando más la literatura que pretende construir metateorías de la pedagogía sin mirar más allá de la institucionalidad-epígono de nuestro conformismo-. El problema es de procesos, como se demostrará a continuación, y al final, el desgaste lo asume toda la colectividad. Miremos: en la Universidad Libre Seccional Cali comulgan dos factores excluyentes, pero al fin y al cabo, ahí permanecen, condenando a la institución a la paquidermia educativa: por un lado (i) la falta de publicidad en los procesos de selección docente, que a todas luces demuestra cómo la interrelación, la comunicación y la transparencia en la gestión administrativa es deficiente; es decir, ¿Por qué no hay vocería estudiantil en los comités de selección?, ¿Por qué parece que los docentes son elegidos bajo un criterio único: el del Decano? ¿Por qué no existen parámetros que diluciden, en últimas, la idoneidad, los méritos, la experiencia y el perfil profesional del docente, de modo que los educandos puedan darse cuenta de sus educadores y sus calidades, con el ánimo de generar confianza? Ni siquiera, en gracia de discusión, se puede aceptar que la Universidad se conforme con una escueta publicación de los resultados de selección docente, puesto que si no se es parte de un proceso, sólo resta la sujeción a un resultado irrectroactivo. Visión: contexto de selección de “carrera docente”; crítica: ¿cuál es el papel del estudiante?; propuesta: publicidad en el proceso, como eslabón imprescindible que otorgue legitimidad del cuerpo docente desde el principio de la interacción académica.
Se confirma entonces, que soslayar sin más al estudiantado en un proceso de tan relevante envergadura, es desconocer quizá que el primer paso en la gestión de la calidad es el equilibrio dentro de lo que podríamos denominar indicadores de calidad. Aun así, no olvidemos que los diplomas, los postgrados y en general, lo que podríamos llamar la experiencia consignada en el papel, no son suficientes para hablar de un cuerpo docente cuya mirada esté puesta en el espectro trascendental de la academia propositiva.
Evaluación docente: parámetros no indicadores.
Continuando con nuestro sencillo método, digamos entonces que la otra cara de la moneda, no más animadora, radica en la evaluación docente. Dicho concepto, como sabemos, parte de la premisa de procesos de selección docente que a nuestro entender están viciados de forma, por lo expuesto en los acápites anteriores. En este orden de ideas, diríamos que debemos hablar (i) de una autoevaluación ¿objetiva? Por parte del docente; (ii) un precario sistema de evaluación docente para los estudiantes, que además de no ser eficaz en tanto que en la Universidad Libre Seccional Cali no hay terminaciones de contrato por la baja puntuación obtenida, también es vejatorio de uno de los principales derechos del estudiante: la visión general de las notas; por último (iii), debemos hacer notar cómo la evaluación administrativa es un artificio que hasta ahora se sostiene políticamente, más no se legitima por su teleología.
Así, desglosemos un poco los tres tópicos, que finalmente serán útiles para que el lector concluya por sí mismo cómo no es posible hablar de una evaluación docente de calidad en la Universidad Libre Seccional Cali:
1)    Autoevaluación:

Visión:
Sí, al fin y al cabo, los docentes son personas, y por ende, el “yo” juega un papel embellecedor a la hora de calificar la gestión propia; siendo así, la calificación es sesgada, por lo tanto la autoevaluación es un eslabón perdido dentro de nuestras pretensiones, ya que al contar con un cuerpo docente acrítico de sí mismo y quizás necesitado, en dificultades económicas y un sinfín de vicisitudes dignas de este país, no podríamos esperar una autoevaluación docente que vaya en desmedro de intereses particulares.
Crítica:
Sin duda alguna, en los parámetros de calificación docente, la autoevaluación no cumple a cabalidad –se diría que ni siquiera en su mínima expresión-el objetivo verificable de la medición de la calidad, aunque los estándares internacionales que nos siguen esclavizando la consideran imprescindible  ¿para qué? ¿Qué objetividad existe cuando se es juez en causa propia?; siendo así, la autoevaluación simplemente se convierte en un pretexto administrativo para saldar cuentas con un concepto vago de transparencia en los procesos que a todas luces son incompletos.
Alternativa:
No es posible, bajo ningún motivo, hablar de calidad en los procesos de calificación de la gestión docente, si en cuenta se sigue teniendo un concepto ambiguo de autoevaluación que no influye en nada en la toma de decisiones de fondo. No queremos más 5,0 que sean inexpresivos, sesgados y que al final, nos condenen a la inmutabilidad de las condiciones.
2)    Sistema de Evaluación Docente:
Visión:
Sin dejar de lado la precariedad del sistema de evaluación docente desde antaño, cuando lo que primaba era la evaluación manual y anónima, debemos decir que el actual sistema virtual de la Universidad Libre Seccional Cali es el peor diseñado hasta entonces: primero, porque no permite la confidencialidad en los procesos, es decir, el docente fácilmente puede indagar acerca de quiénes lo han evaluado en forma negativa (objetiva), lo que conlleva a malos entendidos e incluso, a persecución estudiantil; segundo, no es posible supeditar el derecho fundamental del estudiante de observar sus notas, tal cual lo prescribe el reglamento estudiantil, a la calificación forzosa de un docente; en fin, ¿condicionar la evolución del sistema de créditos del estudiante?, de esta forma, se cree que el estudiante evaluaría con objetividad al docente; es un pensamiento ingenuo, desproporcionado y que raya entonces con la involución académica dentro de márgenes de calidad. No hay un solo caso de terminación, se insiste, de contratos por “bajo rendimiento” en la Universidad; es decir ¿para qué nuestro flamante sistema de evaluación[5]?
Crítica:
Siendo las cosas de tal raigambre, la crítica a un sistema de evaluación tan nimio no se puede hacer esperar, puesto que como hemos dejado entrever, nuestro propósito es hablar con propiedad de un cuerpo docente íntegramente calificado; así, la idoneidad del mismo colectivo se convierte en bastión ineludible al momento de la transformación de la realidad social a través de la cátedra. Una calificación docente como la reseñada, anatematiza el concepto mismo de pedagogía.
Alternativa:
Encaminados frente a la transparencia en la evaluación docente, debemos procurar por estructurar unos procesos de evaluación que tengan en cuenta los siguientes criterios:
·         Desligar la evaluación de cualquier tópico que verse sobre el reporte de notas del estudiante (no es procedente, ni mucho menos coherente, pretender “amenazar” al educando para que forzosamente cumpla con un deber de tan notable responsabilidad.
·         Aplicar patrones de contenido verdaderamente pedagógico, que no hagan ver al ejercicio docente como una actividad supeditada a una colcha de retazos de índole administrativa.
·         Claridad acerca de los rangos de evaluación, que hoy son violatorios del reglamento docente, al menos en lo que concierne a la Universidad Libre Seccional Cali.
·         Replantear la plataforma virtual de evaluación, de modo que se garantice el anonimato en los procesos de evaluación, cuestión esta que no se cumple.
·         Generar en la comunidad universitaria espacios de percepción del comportamiento docente, mediante encuestas que permitan yuxtaponer el resultado de la evaluación con el de la percepción, y así definir criterios de eficacia.

3)    Evaluación administrativa:
Visión:
Cuando hablamos de este tipo de evaluación, ingresamos en un terreno farragoso y que quizás se constituye en la principal talanquera para el éxito proceso de saneamiento de la profesión en la Universidad. Decimos que es un terreno difícil puesto que la evaluación administrativa es la que mayor peso tiene en los resultados finales acerca de la calificación; además, contempla parámetros desproporcionados, que a contrario sensu de calificar la docencia como tal, lo que hace es tratar de “profesionalizar” de forma excesivamente técnica (y no pedagógica) el trabajo de un profesor. Lo anterior, sin contar con el enemigo ya esbozado páginas atrás, es decir, un sistema de autoevaluación mal estructurado e inocuo que parcializa sin medida el resultado, acallando poco a poco la tenue voz estudiantil.
Crítica:
Indudablemente, la evaluación administrativa adolece de enfermedades incurables: (i) carece de legitimidad, puesto que no se podrá decir jamás que la administración puede dar fe de los procesos y metodologías del ejercicio docente, no puede arrojar datos precisos acerca de su vocación, interrelación y sobretodo, iniciativa. La evaluación administrativa es, en últimas, un criterio amañado que busca convertir al ejercicio docente en un modelo tecnócrata bajo la égida de estándares importados; y (ii) para demostrar lo anterior, solo basta con echarle un vistazo al Artículo 29 del reglamento docente, donde se estipulan cinco parámetros de evaluación, siendo apenas uno el que se puede considerar objetivo y suficiente para determinar con proporcionalidad y rigor pedagógico el desempeño del educador. Los otros cuatro conceptos, simplemente se convierten en parámetros desgastantes que aminoran el ejercicio de la profesión sacrificándola por conceptos formales, estandarizados y abstractos.
Alternativa:
Más que una alternativa, consideramos nosotros que es imperativo la desaparición de la evaluación administrativa. Y lo anterior se corresponde con la lógica, en el entendido que no se puede olvidar que la cátedra se imparte es al estudiantado, y en ese sentido, es arbitrario un juicio donde el juez desconoce por completo la causa, o al menos el fondo de la misma y simplemente se guía por derroteros técnicos de carácter externo que muchas veces no se compadecen con un noble ejercicio pedagógico. Por ende, la desaparición de la evaluación administrativa permitirá legitimar a la única voz que está autorizada para evaluar a los docentes, a saber: los estudiantes. De lo contrario, que se empiece a escribir una nueva historia, malsana por demás, de la educación a nivel universal.
Todo lo anterior, permite entonces concluir una cuestión irrefutable: la evaluación docente no es eficaz por dos puntos esenciales: primero, porque no existe actitud estudiantil que permita forjar un cambio en el estado actual de las cosas; parece que poco nos interesa como estudiantes, el valor agregado que tiene la educación de calidad (más cuando se pagan sumas de dinero nada despreciables por ella) para romper con el imaginario colectivo que hace que Colombia permanezca en el más macondiano de los olvidos a nivel cultural y científico. Segundo, nuestros enemigos siempre han aprovechado nuestra futilidad a la hora de actuar, y han sacado ventaja de la abyección de nuestro pensamiento conformista; en ese orden de ideas, han diseñado modelos de evaluación que so pretexto de cumplir con parámetros universales de educación en materia del eufemismo económico de la Acreditación, en realidad condenan a la poca masa crítica de estudiantes a un silencio forzoso, máxime cuando se constriñen los resultados, se prefiere el clientelismo, se reparten tortas burocráticas y así, rampantes, caminan los malos docentes (minoría, ojalá) de la mano con una Administración que prefiere mantener el statu quo, ya que al fin y al cabo, es más lucrativo, ya que sin duda, coadyuva al mantenimiento de un perverso estado de opinión[6].
Pero ya es hora de hablar de lo bueno, por eso es imperativo mencionar, haciendo alarde de la proyección filosófica de nuestros movimientos, cómo la interacción entre docentes y estudiantes es piedra angular del mejoramiento continuo para la diversidad de asuntos que son transversales a la reivindicación del concepto de Educación para la libertad:
Semblanza del sindicalismo y el movimiento estudiantil en la vida universitaria.
Todo un universo de tendencias, de postulados, de doxa desgastada, de cátedra, de ideas, y sobre todo, de libertad. Esto es Universidad, un mundo donde el pluralismo es característica esencial para el desarrollo cultural e intelectual, una institución teleológica que a partir de la creación de conocimiento eleva los estandartes de una lucha social por la justicia en sus diversas expresiones, defendiendo a ultranza el derecho a la diferencia como bandera del debate. Todo ello, lo anterior, promovido y desarrollado por una relación inexorable, por dos sectores básicos e inherentes a su misión social: docentes y estudiantes, que organizados a manera de gremio, se convierten en instituciones encargadas de la defensa de nuestro paraninfo.

Es bien sabido que el fin intrínseco y fundamental de la Universidad es la creación de conocimiento racional, sometiéndolo a criterios de falsación y con la firme convicción de que nunca se podrá conocer la verdad última, puesto que todo parámetro de objetividad nos conduce simplemente a la creación y revelación de principios de incertidumbre. Es por eso que la verdad nunca produce consuelo, ni el sentimiento una verdad objetiva, pues ésta sólo la produce la razón. Es increíble observar cómo en ocasiones se llega al grado de pensar que ese sentimiento que consuela al mortal, siendo una mentira, se vuelve verdad dogmática superior a la objetiva y se desvirtúa la función universitaria. Pero, ¿Qué tiene que ver esto con la relación inicialmente planteada, con el nexo de organizaciones profesorales y estudiantiles? Dar solución a este cuestionamiento no es difícil, lo que sí es complejo, es trasladarlo al campo de la ‘praxis’, como a continuación lo veremos.
Es imposible soslayar este discurso en la actualidad, sujetándose a la forma de actuar casi dogmática que reflejan estos gremios, por ejemplo, y sin alejarnos de la coyuntura, vemos un movimiento estudiantil que parece dirigirse al sacrificio con sus propios pies, donde es fácil para la comunidad pensar que la organización estudiantil sólo está para salir a las calles y protestar, pero que a la hora del debate se olvida del ya mencionado derecho a la diferencia, o peor aún, se convierte en una plataforma política con tinte burocrático; lo mismo pasa cuando se confunde el quid sindical con personas que se reunen cada año para negociar pliegos de peticiones, y olvidarse de la construcción permanente y sólida de sociedad, de universidad y de vida. Como diría Silvio Rodríguez: “No quisiera un fracaso en el sabio delito que es recordar”, pero es menester hacerlo, por tanto, cito un fragmento de un comunicado del Colectivo Unidad Total Estudiantil de la Universidad Libre seccional Cali, UNITOES, donde se plasma la melancolía que produce la memoria, y que a letra reza lo siguiente: “Así es, es bastante complejo y a la vez nostálgico recordar cómo otrora el movimiento estudiantil (y sindical)  a nivel latinoamericano y a nivel nacional era un estandarte de convicciones, movido sólo por la égida de la victoria y la reivindicación de los derechos mínimos, era un movimiento progresista, bravío, corajudo…que ponía sus esperanzas en la masa estudiantil (y demás) como presente transformador de las lágrimas del pasado, era un pelotón de pequeños guerreros cuyas mejores armas siempre fueron el argumento, la idea, la UNIÓN y cuando fue necesario, la FUERZA.” Y sin duda, así fue nuestro pasado, y en nuestro presente no podemos olvidar las funciones que nos exige la dinámica no sólo nacional, sino global.
Vivimos en un mundo de egos, de petulancia caprichosa y sentimientos exagerados. Esta explosión de sensaciones y actitudes afecta temáticamente las discusiones filosóficas en cualquier espectro. Así es como dicho desequilibrio obceca las mentes y premia el fracaso. No es posible superar las barreras de la ocasión, si antes no se despoja la vanidad para identificar las falencias. Lo deben hacer los docentes, al igual que los estudiantes, pues como se dijo en un principio, es este vínculo el que permite la ejecución de la libertad y moldea el cambio de la sociedad a partir de la academia.
Estando ya claro lo ineludible que es esta relación, deben fijarse criterios que permitan el trabajo en conjunto entre gremios con objetivos comunes, donde el más importante es la unión mesurada. Es decir, no caer en el tropiezo pecaminoso en el que cayó Europa, con todos sus países, que teniendo miles de cosas en común, deciden unirse en lo económico, en lo ficticio y divergente, no en lo real. No ha de ser así la fraternidad entre estudiantes y docentes, por consiguiente debe ser la academia en punto de empalme y progreso, donde se aten nuestras metas.
Junto con el primer criterio están la solidaridad equilibrada y la autonomía. Solidaridad, porque no es posible desconocer que como fracción indispensable en la comunidad universitaria, son estos los llamados a la crítica y la construcción, de forma conjunta y fiel, ante una figura de Universidad que se encuentra en una profunda crisis de identidad. Nada conquista un sector, sin el apoyo del otro; sin embargo, bajo esta misma dinámica es importante resaltar el siguiente criterio, la autonomía. Sería fácil deducir que un movimiento sin autonomía es una expresión sumisa y sesgada de colectividad, y por ende, una masa sin fundamentación ideológica. La autonomía implica no sólo la facultad para crear sus propios postulados filosóficos, sus estatutos, entre otros puntos; sino que acarrea también la capacidad de hacerlo[7]. De ahí que cuando se acuerda un trabajo mutuo entre gremios, es primordial el ejercicio de la independencia para así estipular consensos sobre lo fundamental y necesario, sin desdibujar el fondo de cada agrupación. Y lo dejó muy claro nuestro histórico rector, Gerardo Molina, cuando afirmó que “la autonomía no se pide, se ejerce.”
Cumplida la confección de estos criterios, se facilita la realización de hazañas y proezas en cada contexto. Esto lo demuestra la Universidad Libre, en su seccional Cali, que con una relación ejemplar entre estos sectores de la comunidad académica, consumando en el ejercicio pragmático los criterios ya narrados; han conquistado triunfos institucionales con tinte de reciprocidad. ASPROUL Cali y el movimiento estudiantil, con vocería en el Colectivo UNITOES, unieron sus fuerzas en la égida de la academia, tutelando los derechos democráticos de ambos sectores y declarándose enemigos de los enemigos de la Universidad. A causa de esta unión, hoy han quedado tallados en los anaqueles de la historia importantes reivindicaciones, como el histórico triunfo del Voto en Blanco por estudiantes en la seccional, aquel que permitió la posterior conquista de ese espacio y dar lección a quienes consideraron la Universidad como su feudo, y que poco a poco son exiliados, mientras la historia nos otorga la razón. A la par, se construye una Universidad más crítica y se revive el consejo estudiantil que tiempo atrás nos llenó de orgullo. También, desde el consejo directivo, la representación estudiantil ha sido la abanderada de las causas docentes, ante un silencio tenebroso de su representación propia. Así, que se haya logrado el continuo reconocimiento de derechos prestacionales que sumaban un déficit en nuestra institución y una violación  a los derechos fundamentales de nuestros educadores. Es entonces clave para la construcción de universidad, el olvido de la indiferencia y el desapego a esa premisa que convierte en rivales a docentes y estudiantes. Queda claro que ninguna otra fracción, sino nosotros, somos los llamados a construir Universidad, y a edificar Nación… Eso sí, sin olvidar la autonomía.
Hacia un sindicalismo de avanzada: gestor de proyectos de mejoramiento de la calidad.
Como vemos pues, el equilibrio ideal que persigue un concepto de Universidad sin condiciones solamente está llamado a materializarse si los protagonistas que se encumbran en lo más alto de la academia, se atreven a ejercer de un modo menos pragmático y mucho más delineado, la función casi redentora de la movilización social. Cuando hablamos de movilización[8], no estamos apelando a pseudoconceptos, tal cual como hoy se ha entendido—en medio de diatribas egocéntricas y excesivamente formales—en los procesos de renovación del paradigma Universitario. No podemos seguir disfrazando más la posible debacle de nuestra supuesta “revolución estudiantil”, que valga la pena anotarlo, trata en medio del acefalismo de la exclusión, izar banderas que le son pesadas, casi ajenas; mientras no se comprenda que el fin común sí justifica el sacrificio de una agremiación paternalista, se condenará a la Universidad a la mazmorra de la no acción, acompañada por el virus del abandono material que se percibe por parte de otros sectores. La pregunta que surge casi de Perogrullo es: ¿Sí ha actuado el movimiento sindical con la suficiente entereza para aminorar el abandono recíproco entre este y los estudiantes?
El sindicalismo en la Universidad no debe ser el foco de un desequilibrio ambiental en medio de la catarsis que genera esa exasperación demasiado sensible de la “profesión” y no de la “vocación” de ser un docente. La experiencia en medio de los procesos estudiantiles—sin demeritar el papel ponderante que ASPROUL ha realizado en la Universidad Libre Seccional Cali como un bastión amigo, propositivo, solidario y sobretodo, consciente de la cohesión que surge a partir de la idea y de una paráfrasis leal a la realidad que nos concita—nos ha demostrado que los sindicatos docentes se están convirtiendo en un depositario de coyunturas fragmentarias. Se desconoce, en la actualidad, el concepto de proceso como herramienta para la perduración de los cambios deseados; además de eso, la movilización no puede ser mediática y so pretexto de fechas especiales; la reivindicación de derechos prestacionales no debería ser la única égida de la “bravura” organizacional; el acompañamiento a los estudiantes se da, es cierto, pero condicionado por las peticiones que más parece un remedo de pautas para la negociación, que una verdadera reflexión crítica—y sobretodo académica—que haga una radiografía de nuestra apremiante situación.
El sumum del movimiento sindical no puede permanecer esparcido en una pantomima de ilusiones; además, no podemos sucumbir ante la espada aciaga de las determinaciones individualistas. El sindicalismo, por la historia que carga a cuestas, no puede ser tentado por los movimientos simples que se acongojan en medio de la bruma de los problemas y no la enfrentan con la pluma que rejuvenece. Aprendamos pues, que la confederación docente no puede reducirse a NEGOCIACIÓN COLECTIVA, al menos no como irrefutable dinámico de su gestión[9]. Porque comprender así el paradigma del sindicalismo docente sería asimilar también a un conjunto vacío en medio de un paralelismo inoperante: ¡defiendan sus intereses por su lado!, ¡fracasen en medio de sus propuestas insulares! Así pues, cómo pretender la realización de ideales de orden nacional, si no se establece el consenso a partir del vocablo INTERRELACIÓN; la verdad es que nuestra juventud, en medio de la cucaña de la tecnología, exaspera el caótico ritmo de los avatares universitarios: no existe propuesta del estudiante, no existe receptividad en el estudiante. Los procesos de comunicación, añadidos a la idiosincrasia facilista que permea al grueso del sentimiento estudiantil, son los factores que no permiten una articulación eficaz entre las diferentes colectividades que conforman el espectro de la acción conjunta. Mientras que sindicatos y estudiantes no observen alternativas de diálogo propositivo, estará conjugándose la alternativa adversa en medio del patrón oscuro de intereses (también gremiales y quizá más organizados) que no van en pro de la educación superior.
Sin embargo, no endilguemos responsabilidades que desarticulan per se nuestro propósito: la reivindicación de las prerrogativas sociales y la lucha histórica del movimiento sindical entorno a la agudización del conflicto propio de los países en vía de desarrollo, le ha otorgado un plus filosófico y quizás axiológico, dentro del contexto de equilibrio y legitimación de los postulados de un Estado Social de Derecho. En ese orden de ideas, el sindicalismo docente debe ser espacio de gestión pedagógica y de acción premeditada en tano enseñanza y labor continua que “contamine” a las demás esferas de la academia universitaria. Sabemos de sobra, que el Sindicato de Docentes de la Universidad Libre está en consonancia con estas pequeñas reflexiones, y que en esa misma línea, su legitimidad no resiste el menor análisis; aun así, es menester advertir que la tarea es ardua y todavía larvaria. Si la misión, teleología o lógica deóntica del docente es la de convertirse en el brazo idóneo que coadyuva en el enriquecimiento del individuo, de la ciencia o del universo, no podremos concebir jamás una docencia fútil y al servicio de intereses innobles. Un sindicato docente, en últimas, debe convertirse en algo imprescindible, en un ineludible para crear Nación. ¿De quién depende? La pregunta debe quedar en los anaqueles de este evento, pero seguramente será respondida sin ninguna duda cuando comprendamos que la capacidad de la acción es el mejor portento de la ruptura entre los oprimidos y los ya desgastados opresores[10].
CONCLUSIONES
La consideración lineal de la exposición permite cerrar el tema sobre el comienzo, y aseverar que la educación se sitúa en la cotidianidad, en las aulas de clase y con la relación dialéctica de educandos y educadores.
En el contexto de La Universidad Libre de Colombia, es clave, pero no tan práctico colegir que el termómetro de la calidad mide de acuerdo a un sistema crítico de evaluación, coherente y objetivo, donde prime el carácter pedagógico y no los egos o “amiguismos” institucionales. Si no se construye este prototipo de medición, no podrá trazarse la senda que guíe estudiantes propositivos ni constructivos; por tanto, es imperativo aceptar que un correcto sistema de evaluación docente es a la vez un arquitecto de sociedad.
Vale hacer notar que de la misma forma como un estudiante es evaluado por su productividad intelectual y su compromiso con el saber, un docente debe ser justipreciado por tales condiciones. Es por eso necesaria la preponderancia porcentual en los tópicos que tocan lo pedagógico, lo didáctico, y el desempeño en el cargo.
Como sostén de este objetivo y de este modelo, deben eliminarse los aspectos valorativos que tecnifican el ejercicio educador y contrarían la profesionalización del rol docente. De igual forma, el desarrollo material de los parámetros debe conquistar la profundidad, con esto hago referencia al carácter etéreo que se refleja en la formulación de los cuestionarios a estudiantes, que con afán responden ante la limitación de acceso a su registro de notas. Y por último, la erradicación de la evaluación administrativa y la autoevaluación, son alternativa para una valoración docente que consiga permearse de imparcialidad y desapasionamiento.
En relación con lo anterior, es importante el papel corajudo que deben matizar las organizaciones sindicales a la par con el movimiento estudiantil, que bajo la égida de la academia tienen que unir fuerzas sobre lo fundamental, con criterios de solidaridad y autonomía, para así enarbolar la bandera del pensamiento en el campo de la verdadera calidad, que por naturaleza hace divergencia con la estandarización; y con ello rescatar de la insensatez ese mecanismo que es el llamado a conservar el quid universitario: la evaluación docente.
Para finalizar, una vez liberados, los sectores base de la comunidad universitaria se convierten en la piedra angular edificadora de cambios, en pro de la Universidad, de la sociedad, y con miras a construir Nación.



[1] Galeano, Eduardo (1971). Las venas abiertas de América Latina. Bogotá: Alfaguara.
[2] Camacho Ledesma, Alberto. (2012). La degeneración de un proyecto educativo. Contextos Colombianos (2) 12-17.
[3] Zuleta, Estanislao (1995). Educación y Democracia. Medellín: Corporación Tercer Milenio.
[4] Fromm, Erich (1974). Espíritu y Sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.
[5] Ortiz Ocaña, Alexander (2010). Pedagogía de la Educación Superior y Docencia Universitaria. Bucaramanga: UIS.
[6] Guzmán Henessey, Manuel (2012, 15 de Enero). El Movimiento Estudiantil: ¿Y dónde está la MANE? Razón Pública. Recuperado de http://www.razonpublica.com.
[7] González Ochoa, Fernando (1980). Una Tesis: el Derecho a no Obedecer. Medellín: Corporación Otraparte.
[8] Ortega y Gasset, José (1930). La Rebelión de las Masas. Barcelona: Ediciones Lorent.
[9] Spyropoulos, Georges. (1991, Agosto 30). Sindicalismo y Sociedad: Principales Problemas del Sindicalismo en el Mundo. Ceil-Conicet. Recuperado de  http://www.ceil-piette.gov.ar
[10] Gramsci, Hugo (1951). Pasado y Presente. Buenos Aires: Cerinci.

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