William Felipe Hurtado
Quintero
Universidad
Libre, seccional Cali.
(Septiembre de 2012)
RESUMEN
El presente trabajo da a conocer una
realidad incontrovertible en los procesos de evaluación docente en la
Universidad Libre de Colombia, haciendo énfasis en la seccional Cali, mediante
el análisis tripartito de cada uno de los parámetros de calificación que
conviven alrededor de la Institución,
con la aplicación del método visión-crítica-propuesta, que permite
contextualizar la problemática, identificar los obstáculos para su saneamiento
y posteriormente, desenredar el enigma a través de la formulación de
alternativas puntuales y pragmáticas. Lo anterior, con el fin de demostrar que
dicho sistema va en contravía del mismo Reglamento Docente, además de minimizar
en alto grado la esencia de la profesión. Asimismo, se pondera el papel de la
organización sindical y su impacto en la realidad universitaria, reconociendo
su esencia histórica como médula de crítica y desarrollo social. Esto en
relación con la actividad estudiantil, que a la par con el sector docente,
conforman el núcleo base que sostiene la estructura universitaria, es decir, la
comunidad académica.
PALABRAS
CLAVE
Universidad, evaluación docente,
organización sindical, movimiento estudiantil.
INTRODUCCIÓN
A
diferencia de cualquier institución, la Universidad es llamada a la creación de
conocimiento para transformar y levantar estructuras hacia la justicia social.
Esto presupone la relación prolongada de aquellos que son educados, con
aquellos que imparten saber y cultivan el pensamiento; por tanto, toma valor la
existencia de un sistema que permita medir el cumplimiento de la función social
que recae en los maestros. Este mecanismo es el sistema de evaluación docente.
En
el presente trabajo, nos proponemos como objetivo principal analizar el sistema
de evaluación docente con cada uno de sus componentes estatutarios, aplicando
el método de visión-crítica-propuesta, que de forma pragmática creará una
familiarización de conceptos, contextos y soluciones.
En
este sentido, se han de tener en cuenta aspectos materiales de dicho sistema,
aplicado en la Universidad Libre de Colombia. Asuntos como la metodología en la
realización de la prueba por parte de cada uno de los estamentos, su
pertinencia, los parámetros valorativos que la contemplan, sus condiciones y la
eficacia de la misma a la hora de arrojar un verdadero resultado.
Todo
esto para concebir la función sindical y gremial estudiantil en el desarrollo
de dicho sistema y demás problemáticas de la comunidad universitaria, citando
situaciones concretas, con sus características y resultados, para así tenerlas
como punto de referencia y consideración en el foro, puesto que el peso del
cambio recae en la base orgánica conformada por estudiantes y docentes, tal y
como lo dicta la historia.
DESARROLLO
EVALUACIÓN
DOCENTE: PUNTO DE PARTIDA PARA LA OPTIMIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR.
Llama mucho la atención el debate
académico que hoy nos reúne, precisamente porque es dicho epicentro conceptual
el que se derruye entre la debacle de un modelo de educación que quizás se
ajusta de forma anacrónica y descontextualizada a estándares internacionales de
modelos educativos que van en pro de intereses más económicos que científicos;
para ninguno de nosotros, que quizá por los avatares del destino, o por
vocación a toda prueba, somos parte integral del maravilloso mundo de la
Universidad, no puede sorprender esta realidad irrefutable que cargamos a
cuestas: el rezago cultural en materia de generación de conocimiento es un
flagelo de múltiples perspectivas que no se deben ceñir simplemente a los
postulados leoninos del mercadeo epistemológico[1].
Todos los actores del proceso
educativo debemos asumir-con objetividad-la cuota de responsabilidad que nos
corresponde en la actualidad universitaria, a saber: una idiosincrasia
facilista que permea a la gran mayoría del estudiantado, que so pretexto de la
coyuntura saca a relucir sin metodología consecuente la emotividad propia de
una juventud poco crítica, y emprende proyectos frágiles, contrastados,
egoístas y fáciles de desmontar por el “enemigo”[2];
lo anterior, sin sumar aquella cantidad absurda de pereza intelectual, de
modorra constructiva y de folklore parasitario que contagia a los educandos del
presente (y quizás también a un grupo considerable de educadores). Faltaríamos
a la verdad si no denunciáramos con certeza, cuán endeble es el espectro
propositivo de nuestros protagonistas, que prefieren las más de las veces,
encumbrarse en discusiones bizantinas y casi patológicas que desgastan sin
piedad nuestras instituciones. El trabajo que nos corresponde es colosal, si en
cuenta se tiene que debemos recapitular la cosmovisión de nuestra historia
cíclica, además de propender por un quiebre paradigmático a la hora de examinar
el concepto de pedagogía. El colofón de este pequeño párrafo introductorio es
el inicio entonces de nuestra disertación encaminada a una de dos variables: la
masificación de la educación universitaria como estandarte de nuestro
desarrollo, o el fin de la educación superior como una herramienta incapaz de
construir escenarios propicios para salir del pozo profundo de nuestro atraso.
Siendo así, es pertinente acotar que
nuestro éxito depende de un concepto básico, ya esbozado por la filosofía
clásica del lenguaje: COMUNICACIÓN. El ejercicio de la docencia, más allá de
conceptos de índole pedagógica, implica una proyección del espíritu inmersa en
el océano del conocimiento, a saber: la vocación propositiva. Ya el
pseudomovimiento estudiantil está desencantado de un ejercicio docente sesgado
y acrítico, donde los que proponen en el foro son la minoría, una minoría que
no simplemente se detiene a analizar cuestiones gremiales que pretenden
movilizaciones sólo para la obtención de reivindicaciones sociales. En pocas
palabras, nuestra percepción-como estudiantes-acerca del docente, está dirigida
por la desconfianza para interactuar en pro del mejoramiento continuo; los
estudiantes ven al docente como un convidado de piedra dedicado a elaborar
monólogos maniqueístas acerca de abstractas generalidades epistemológicas
durante una o dos horas semanales y hasta ahí, hasta este deprimente punto llega
nuestra interrelación, esa es nuestra “flamante creación de conocimiento” (vale
la pena anotar que existen decorosas excepciones). El primer problema se
evidencia sin dificultades: ni a los estudiantes ni al docente les interesa
trascender más allá del aula de clase… ¿Quién debe tomar la iniciativa
entonces?, consideramos que la respuesta no es absoluta, y a contrario sensu,
es polémica y dividida: tal vez la mayoría diría sin mayor análisis que el
problema es de Ustedes, el cuerpo docente, ya que son aquellos que asumen un
rol orientador, motivador, pedagógico, constructivo y pues al fin y al cabo, la
misión de educar va más allá de cuatro paredes y noventa minutos de cátedra
lineal. Otros, sin embargo, dirían que el problema radica en el estudiantado,
ya que, al final, son los educandos quienes reciben la cátedra, quienes deben
matizar un compromiso de mejora paulatina mediante la exigencia de una cátedra
polifacética, encaminada al descubrimiento continuo de la esencia de cada
profesión; ¡Qué problema tan grande!, además, génesis incontrovertible de todos
los males que se desprenden de nuestro sistema educativo[3].
Asumamos una posición ecléctica, y
digamos entonces que nuestra solución, lejana en este punto, depende del método
de visión-crítica-propuesta. Este método es ecléctico porque no quiere endilgar
responsabilidades que toquen la susceptibilidad de nuestros compañeros de
carrera. La percepción del cuerpo docente en una comunidad educativa como la
colombiana, permitiría vaticinar entonces un descrédito injustificado de la
profesión, si en cuenta se tiene que la practicidad del dilema les atribuye una
responsabilidad mayúscula en la transformación de la visión universitaria[4];
la idea de un cuerpo docente sin mayores complejidades académicas se puede
dilucidar sin mayor dificultad en la Universidad Libre de Colombia, Corporación
dedicada a la prestación de servicios de educación superior de carácter
privado. El estado del arte es amplio, por lo tanto sería más que ingenuo
pretender asimilar una realidad que no sea de carácter local.
El
hermetismo de la Universidad Libre Seccional Cali: paradigma de una involución
de la calidad.
El discurso ya repasado, incluso en
estas mismas líneas, dedicado a la contextualización de la Educación y a su rol
en el mejoramiento […], digamos que ya no se puede seguir desgastando más la
literatura que pretende construir metateorías de la pedagogía sin mirar más
allá de la institucionalidad-epígono de nuestro conformismo-. El problema es de
procesos, como se demostrará a continuación, y al final, el desgaste lo asume
toda la colectividad. Miremos: en la Universidad Libre Seccional Cali comulgan
dos factores excluyentes, pero al fin y al cabo, ahí permanecen, condenando a
la institución a la paquidermia educativa: por un lado (i) la falta de
publicidad en los procesos de selección docente, que a todas luces demuestra
cómo la interrelación, la comunicación y la transparencia en la gestión
administrativa es deficiente; es decir, ¿Por qué no hay vocería estudiantil en
los comités de selección?, ¿Por qué parece que los docentes son elegidos bajo
un criterio único: el del Decano? ¿Por qué no existen parámetros que diluciden,
en últimas, la idoneidad, los méritos, la experiencia y el perfil profesional
del docente, de modo que los educandos puedan darse cuenta de sus educadores y
sus calidades, con el ánimo de generar confianza? Ni siquiera, en gracia de
discusión, se puede aceptar que la Universidad se conforme con una escueta
publicación de los resultados de selección docente, puesto que si no se es
parte de un proceso, sólo resta la sujeción a un resultado irrectroactivo.
Visión: contexto de selección de “carrera docente”; crítica: ¿cuál es el papel
del estudiante?; propuesta: publicidad en el proceso, como eslabón
imprescindible que otorgue legitimidad del cuerpo docente desde el principio de
la interacción académica.
Se confirma entonces, que soslayar sin
más al estudiantado en un proceso de tan relevante envergadura, es desconocer
quizá que el primer paso en la gestión de la calidad es el equilibrio dentro de
lo que podríamos denominar indicadores de calidad. Aun así, no olvidemos que
los diplomas, los postgrados y en general, lo que podríamos llamar la
experiencia consignada en el papel, no son suficientes para hablar de un cuerpo
docente cuya mirada esté puesta en el espectro trascendental de la academia
propositiva.
Evaluación
docente: parámetros no indicadores.
Continuando con nuestro sencillo
método, digamos entonces que la otra cara de la moneda, no más animadora,
radica en la evaluación docente. Dicho concepto, como sabemos, parte de la
premisa de procesos de selección docente que a nuestro entender están viciados
de forma, por lo expuesto en los acápites anteriores. En este orden de ideas,
diríamos que debemos hablar (i) de una autoevaluación ¿objetiva? Por parte del
docente; (ii) un precario sistema de evaluación docente para los estudiantes,
que además de no ser eficaz en tanto que en la Universidad Libre Seccional Cali
no hay terminaciones de contrato por la baja puntuación obtenida, también es
vejatorio de uno de los principales derechos del estudiante: la visión general
de las notas; por último (iii), debemos hacer notar cómo la evaluación
administrativa es un artificio que hasta ahora se sostiene políticamente, más
no se legitima por su teleología.
Así, desglosemos un poco los tres
tópicos, que finalmente serán útiles para que el lector concluya por sí mismo
cómo no es posible hablar de una evaluación docente de calidad en la
Universidad Libre Seccional Cali:
1) Autoevaluación:
Visión:
Sí, al fin y al cabo, los docentes son
personas, y por ende, el “yo” juega un papel embellecedor a la hora de
calificar la gestión propia; siendo así, la calificación es sesgada, por lo
tanto la autoevaluación es un eslabón perdido dentro de nuestras pretensiones,
ya que al contar con un cuerpo docente acrítico de sí mismo y quizás
necesitado, en dificultades económicas y un sinfín de vicisitudes dignas de
este país, no podríamos esperar una autoevaluación docente que vaya en desmedro
de intereses particulares.
Crítica:
Sin duda alguna, en los parámetros de
calificación docente, la autoevaluación no cumple a cabalidad –se diría que ni
siquiera en su mínima expresión-el objetivo verificable de la medición de la
calidad, aunque los estándares internacionales que nos siguen esclavizando la
consideran imprescindible ¿para qué?
¿Qué objetividad existe cuando se es juez en causa propia?; siendo así, la
autoevaluación simplemente se convierte en un pretexto administrativo para
saldar cuentas con un concepto vago de transparencia en los procesos que a
todas luces son incompletos.
Alternativa:
No es posible, bajo ningún motivo,
hablar de calidad en los procesos de calificación de la gestión docente, si en
cuenta se sigue teniendo un concepto ambiguo de autoevaluación que no influye
en nada en la toma de decisiones de fondo. No queremos más 5,0 que sean
inexpresivos, sesgados y que al final, nos condenen a la inmutabilidad de las
condiciones.
2) Sistema
de Evaluación Docente:
Visión:
Sin dejar de lado la precariedad del
sistema de evaluación docente desde antaño, cuando lo que primaba era la
evaluación manual y anónima, debemos decir que el actual sistema virtual de la
Universidad Libre Seccional Cali es el peor diseñado hasta entonces: primero,
porque no permite la confidencialidad en los procesos, es decir, el docente
fácilmente puede indagar acerca de quiénes lo han evaluado en forma negativa
(objetiva), lo que conlleva a malos entendidos e incluso, a persecución
estudiantil; segundo, no es posible supeditar el derecho fundamental del
estudiante de observar sus notas, tal cual lo prescribe el reglamento
estudiantil, a la calificación forzosa de un docente; en fin, ¿condicionar la
evolución del sistema de créditos del estudiante?, de esta forma, se cree que
el estudiante evaluaría con objetividad al docente; es un pensamiento ingenuo,
desproporcionado y que raya entonces con la involución académica dentro de
márgenes de calidad. No hay un solo caso de terminación, se insiste, de contratos
por “bajo rendimiento” en la Universidad; es decir ¿para qué nuestro flamante
sistema de evaluación[5]?
Crítica:
Siendo las cosas de tal raigambre, la
crítica a un sistema de evaluación tan nimio no se puede hacer esperar, puesto
que como hemos dejado entrever, nuestro propósito es hablar con propiedad de un
cuerpo docente íntegramente calificado; así, la idoneidad del mismo colectivo
se convierte en bastión ineludible al momento de la transformación de la
realidad social a través de la cátedra. Una calificación docente como la
reseñada, anatematiza el concepto mismo de pedagogía.
Alternativa:
Encaminados frente a la transparencia
en la evaluación docente, debemos procurar por estructurar unos procesos de
evaluación que tengan en cuenta los siguientes criterios:
·
Desligar
la evaluación de cualquier tópico que verse sobre el reporte de notas del
estudiante (no es procedente, ni mucho menos coherente, pretender “amenazar” al
educando para que forzosamente cumpla con un deber de tan notable
responsabilidad.
·
Aplicar
patrones de contenido verdaderamente pedagógico, que no hagan ver al ejercicio
docente como una actividad supeditada a una colcha de retazos de índole
administrativa.
·
Claridad
acerca de los rangos de evaluación, que hoy son violatorios del reglamento
docente, al menos en lo que concierne a la Universidad Libre Seccional Cali.
·
Replantear
la plataforma virtual de evaluación, de modo que se garantice el anonimato en
los procesos de evaluación, cuestión esta que no se cumple.
·
Generar
en la comunidad universitaria espacios de percepción del comportamiento
docente, mediante encuestas que permitan yuxtaponer el resultado de la
evaluación con el de la percepción, y así definir criterios de eficacia.
3) Evaluación
administrativa:
Visión:
Cuando hablamos de este tipo de
evaluación, ingresamos en un terreno farragoso y que quizás se constituye en la
principal talanquera para el éxito proceso de saneamiento de la profesión en la
Universidad. Decimos que es un terreno difícil puesto que la evaluación
administrativa es la que mayor peso tiene en los resultados finales acerca de
la calificación; además, contempla parámetros desproporcionados, que a
contrario sensu de calificar la docencia como tal, lo que hace es tratar de
“profesionalizar” de forma excesivamente técnica (y no pedagógica) el trabajo
de un profesor. Lo anterior, sin contar con el enemigo ya esbozado páginas
atrás, es decir, un sistema de autoevaluación mal estructurado e inocuo que
parcializa sin medida el resultado, acallando poco a poco la tenue voz
estudiantil.
Crítica:
Indudablemente, la evaluación
administrativa adolece de enfermedades incurables: (i) carece de legitimidad,
puesto que no se podrá decir jamás que la administración puede dar fe de los
procesos y metodologías del ejercicio docente, no puede arrojar datos precisos
acerca de su vocación, interrelación y sobretodo, iniciativa. La evaluación
administrativa es, en últimas, un criterio amañado que busca convertir al
ejercicio docente en un modelo tecnócrata bajo la égida de estándares importados;
y (ii) para demostrar lo anterior, solo basta con echarle un vistazo al
Artículo 29 del reglamento docente, donde se estipulan cinco parámetros de
evaluación, siendo apenas uno el que se puede considerar objetivo y suficiente
para determinar con proporcionalidad y rigor pedagógico el desempeño del
educador. Los otros cuatro conceptos, simplemente se convierten en parámetros
desgastantes que aminoran el ejercicio de la profesión sacrificándola por
conceptos formales, estandarizados y abstractos.
Alternativa:
Más que una alternativa, consideramos
nosotros que es imperativo la desaparición de la evaluación administrativa. Y
lo anterior se corresponde con la lógica, en el entendido que no se puede
olvidar que la cátedra se imparte es al estudiantado, y en ese sentido, es
arbitrario un juicio donde el juez desconoce por completo la causa, o al menos
el fondo de la misma y simplemente se guía por derroteros técnicos de carácter
externo que muchas veces no se compadecen con un noble ejercicio pedagógico. Por
ende, la desaparición de la evaluación administrativa permitirá legitimar a la
única voz que está autorizada para evaluar a los docentes, a saber: los
estudiantes. De lo contrario, que se empiece a escribir una nueva historia,
malsana por demás, de la educación a nivel universal.
Todo lo anterior, permite entonces
concluir una cuestión irrefutable: la evaluación docente no es eficaz por dos
puntos esenciales: primero, porque no existe actitud estudiantil que permita
forjar un cambio en el estado actual de las cosas; parece que poco nos interesa
como estudiantes, el valor agregado que tiene la educación de calidad (más
cuando se pagan sumas de dinero nada despreciables por ella) para romper con el
imaginario colectivo que hace que Colombia permanezca en el más macondiano de
los olvidos a nivel cultural y científico. Segundo, nuestros enemigos siempre
han aprovechado nuestra futilidad a la hora de actuar, y han sacado ventaja de
la abyección de nuestro pensamiento conformista; en ese orden de ideas, han
diseñado modelos de evaluación que so pretexto de cumplir con parámetros
universales de educación en materia del eufemismo económico de la Acreditación,
en realidad condenan a la poca masa crítica de estudiantes a un silencio
forzoso, máxime cuando se constriñen los resultados, se prefiere el
clientelismo, se reparten tortas burocráticas y así, rampantes, caminan los
malos docentes (minoría, ojalá) de la mano con una Administración que prefiere
mantener el statu quo, ya que al fin y al cabo, es más lucrativo, ya que sin
duda, coadyuva al mantenimiento de un perverso estado de opinión[6].
Pero ya es hora de hablar de lo bueno,
por eso es imperativo mencionar, haciendo alarde de la proyección filosófica de
nuestros movimientos, cómo la interacción entre docentes y estudiantes es
piedra angular del mejoramiento continuo para la diversidad de asuntos que son
transversales a la reivindicación del concepto de Educación para la libertad:
Semblanza
del sindicalismo y el movimiento estudiantil en la vida universitaria.
Todo
un universo de tendencias, de postulados, de doxa desgastada, de cátedra, de
ideas, y sobre todo, de libertad. Esto es Universidad, un mundo donde el
pluralismo es característica esencial para el desarrollo cultural e
intelectual, una institución teleológica que a partir de la creación de
conocimiento eleva los estandartes de una lucha social por la justicia en sus
diversas expresiones, defendiendo a ultranza el derecho a la diferencia como
bandera del debate. Todo ello, lo anterior, promovido y desarrollado por una
relación inexorable, por dos sectores básicos e inherentes a su misión social:
docentes y estudiantes, que organizados a manera de gremio, se convierten en
instituciones encargadas de la defensa de nuestro paraninfo.
Es bien sabido que el fin intrínseco y
fundamental de la Universidad es la creación de conocimiento racional,
sometiéndolo a criterios de falsación y con la firme convicción de que nunca se
podrá conocer la verdad última, puesto que todo parámetro de objetividad nos
conduce simplemente a la creación y revelación de principios de incertidumbre.
Es por eso que la verdad nunca produce consuelo, ni el sentimiento una verdad
objetiva, pues ésta sólo la produce la razón. Es increíble observar cómo en
ocasiones se llega al grado de pensar que ese sentimiento que consuela al
mortal, siendo una mentira, se vuelve verdad dogmática superior a la objetiva y
se desvirtúa la función universitaria. Pero, ¿Qué tiene que ver esto con la
relación inicialmente planteada, con el nexo de organizaciones profesorales y
estudiantiles? Dar solución a este cuestionamiento no es difícil, lo que sí es
complejo, es trasladarlo al campo de la ‘praxis’, como a continuación lo
veremos.
Es imposible soslayar este discurso en
la actualidad, sujetándose a la forma de actuar casi dogmática que reflejan
estos gremios, por ejemplo, y sin alejarnos de la coyuntura, vemos un
movimiento estudiantil que parece dirigirse al sacrificio con sus propios pies,
donde es fácil para la comunidad pensar que la organización estudiantil sólo
está para salir a las calles y protestar, pero que a la hora del debate se
olvida del ya mencionado derecho a la diferencia, o peor aún, se convierte en
una plataforma política con tinte burocrático; lo mismo pasa cuando se confunde
el quid sindical con personas que se reunen cada año para negociar pliegos de
peticiones, y olvidarse de la construcción permanente y sólida de sociedad, de
universidad y de vida. Como diría Silvio Rodríguez: “No quisiera un fracaso en
el sabio delito que es recordar”, pero es menester hacerlo, por tanto, cito un
fragmento de un comunicado del Colectivo Unidad Total Estudiantil de la
Universidad Libre seccional Cali, UNITOES, donde se plasma la melancolía que
produce la memoria, y que a letra reza lo siguiente: “Así es, es bastante
complejo y a la vez nostálgico recordar cómo otrora el movimiento estudiantil
(y sindical) a nivel latinoamericano y a
nivel nacional era un estandarte de convicciones, movido sólo por la égida de
la victoria y la reivindicación de los derechos mínimos, era un movimiento
progresista, bravío, corajudo…que ponía sus esperanzas en la masa estudiantil
(y demás) como presente transformador de las lágrimas del pasado, era un
pelotón de pequeños guerreros cuyas mejores armas siempre fueron el argumento,
la idea, la UNIÓN y cuando fue
necesario, la FUERZA.” Y sin duda,
así fue nuestro pasado, y en nuestro presente no podemos olvidar las funciones
que nos exige la dinámica no sólo nacional, sino global.
Vivimos en un mundo de egos, de
petulancia caprichosa y sentimientos exagerados. Esta explosión de sensaciones
y actitudes afecta temáticamente las discusiones filosóficas en cualquier
espectro. Así es como dicho desequilibrio obceca las mentes y premia el
fracaso. No es posible superar las barreras de la ocasión, si antes no se
despoja la vanidad para identificar las falencias. Lo deben hacer los docentes,
al igual que los estudiantes, pues como se dijo en un principio, es este
vínculo el que permite la ejecución de la libertad y moldea el cambio de la
sociedad a partir de la academia.
Estando ya claro lo ineludible que es
esta relación, deben fijarse criterios que permitan el trabajo en conjunto
entre gremios con objetivos comunes, donde el más importante es la unión
mesurada. Es decir, no caer en el tropiezo pecaminoso en el que cayó Europa,
con todos sus países, que teniendo miles de cosas en común, deciden unirse en
lo económico, en lo ficticio y divergente, no en lo real. No ha de ser así la
fraternidad entre estudiantes y docentes, por consiguiente debe ser la academia
en punto de empalme y progreso, donde se aten nuestras metas.
Junto con el primer criterio están la
solidaridad equilibrada y la autonomía. Solidaridad, porque no es posible
desconocer que como fracción indispensable en la comunidad universitaria, son
estos los llamados a la crítica y la construcción, de forma conjunta y fiel,
ante una figura de Universidad que se encuentra en una profunda crisis de
identidad. Nada conquista un sector, sin el apoyo del otro; sin embargo, bajo
esta misma dinámica es importante resaltar el siguiente criterio, la autonomía.
Sería fácil deducir que un movimiento sin autonomía es una expresión sumisa y
sesgada de colectividad, y por ende, una masa sin fundamentación ideológica. La
autonomía implica no sólo la facultad para crear sus propios postulados
filosóficos, sus estatutos, entre otros puntos; sino que acarrea también la
capacidad de hacerlo[7].
De ahí que cuando se acuerda un trabajo mutuo entre gremios, es primordial el
ejercicio de la independencia para así estipular consensos sobre lo fundamental
y necesario, sin desdibujar el fondo de cada agrupación. Y lo dejó muy claro
nuestro histórico rector, Gerardo Molina, cuando afirmó que “la autonomía no se
pide, se ejerce.”
Cumplida la confección de estos
criterios, se facilita la realización de hazañas y proezas en cada contexto.
Esto lo demuestra la Universidad Libre, en su seccional Cali, que con una
relación ejemplar entre estos sectores de la comunidad académica, consumando en
el ejercicio pragmático los criterios ya narrados; han conquistado triunfos
institucionales con tinte de reciprocidad. ASPROUL Cali y el movimiento
estudiantil, con vocería en el Colectivo UNITOES, unieron sus fuerzas en la
égida de la academia, tutelando los derechos democráticos de ambos sectores y
declarándose enemigos de los enemigos de la Universidad. A causa de esta unión,
hoy han quedado tallados en los anaqueles de la historia importantes
reivindicaciones, como el histórico triunfo del Voto en Blanco por estudiantes
en la seccional, aquel que permitió la posterior conquista de ese espacio y dar
lección a quienes consideraron la Universidad como su feudo, y que poco a poco
son exiliados, mientras la historia nos otorga la razón. A la par, se construye
una Universidad más crítica y se revive el consejo estudiantil que tiempo atrás
nos llenó de orgullo. También, desde el consejo directivo, la representación
estudiantil ha sido la abanderada de las causas docentes, ante un silencio
tenebroso de su representación propia. Así, que se haya logrado el continuo
reconocimiento de derechos prestacionales que sumaban un déficit en nuestra
institución y una violación a los
derechos fundamentales de nuestros educadores. Es entonces clave para la construcción
de universidad, el olvido de la indiferencia y el desapego a esa premisa que
convierte en rivales a docentes y estudiantes. Queda claro que ninguna otra
fracción, sino nosotros, somos los llamados a construir Universidad, y a
edificar Nación… Eso sí, sin olvidar la autonomía.
Hacia
un sindicalismo de avanzada: gestor de proyectos de mejoramiento de la calidad.
Como vemos pues, el equilibrio ideal
que persigue un concepto de Universidad sin condiciones solamente está llamado
a materializarse si los protagonistas que se encumbran en lo más alto de la
academia, se atreven a ejercer de un modo menos pragmático y mucho más
delineado, la función casi redentora de la movilización social. Cuando hablamos
de movilización[8],
no estamos apelando a pseudoconceptos, tal cual como hoy se ha entendido—en
medio de diatribas egocéntricas y excesivamente formales—en los procesos de
renovación del paradigma Universitario. No podemos seguir disfrazando más la
posible debacle de nuestra supuesta “revolución estudiantil”, que valga la pena
anotarlo, trata en medio del acefalismo de la exclusión, izar banderas que le
son pesadas, casi ajenas; mientras no se comprenda que el fin común sí
justifica el sacrificio de una agremiación paternalista, se condenará a la
Universidad a la mazmorra de la no acción, acompañada por el virus del abandono
material que se percibe por parte de otros sectores. La pregunta que surge casi
de Perogrullo es: ¿Sí ha actuado el movimiento sindical con la suficiente
entereza para aminorar el abandono recíproco entre este y los estudiantes?
El sindicalismo en la Universidad no
debe ser el foco de un desequilibrio ambiental en medio de la catarsis que
genera esa exasperación demasiado sensible de la “profesión” y no de la
“vocación” de ser un docente. La experiencia en medio de los procesos estudiantiles—sin
demeritar el papel ponderante que ASPROUL ha realizado en la Universidad Libre
Seccional Cali como un bastión amigo, propositivo, solidario y sobretodo,
consciente de la cohesión que surge a partir de la idea y de una paráfrasis
leal a la realidad que nos concita—nos ha demostrado que los sindicatos
docentes se están convirtiendo en un depositario de coyunturas fragmentarias.
Se desconoce, en la actualidad, el concepto de proceso como herramienta para la
perduración de los cambios deseados; además de eso, la movilización no puede
ser mediática y so pretexto de fechas especiales; la reivindicación de derechos
prestacionales no debería ser la única égida de la “bravura” organizacional; el
acompañamiento a los estudiantes se da, es cierto, pero condicionado por las
peticiones que más parece un remedo de pautas para la negociación, que una
verdadera reflexión crítica—y sobretodo académica—que haga una radiografía de
nuestra apremiante situación.
El sumum
del movimiento sindical no puede permanecer esparcido en una pantomima de
ilusiones; además, no podemos sucumbir ante la espada aciaga de las
determinaciones individualistas. El sindicalismo, por la historia que carga a
cuestas, no puede ser tentado por los movimientos simples que se acongojan en medio
de la bruma de los problemas y no la enfrentan con la pluma que rejuvenece.
Aprendamos pues, que la confederación docente no puede reducirse a NEGOCIACIÓN
COLECTIVA, al menos no como irrefutable dinámico de su gestión[9].
Porque comprender así el paradigma del sindicalismo docente sería asimilar
también a un conjunto vacío en medio de un paralelismo inoperante: ¡defiendan
sus intereses por su lado!, ¡fracasen en medio de sus propuestas insulares! Así
pues, cómo pretender la realización de ideales de orden nacional, si no se
establece el consenso a partir del vocablo INTERRELACIÓN; la verdad es que
nuestra juventud, en medio de la cucaña de la tecnología, exaspera el caótico
ritmo de los avatares universitarios: no existe propuesta del estudiante, no existe
receptividad en el estudiante. Los procesos de comunicación, añadidos a la
idiosincrasia facilista que permea al grueso del sentimiento estudiantil, son
los factores que no permiten una articulación eficaz entre las diferentes
colectividades que conforman el espectro de la acción conjunta. Mientras que
sindicatos y estudiantes no observen alternativas de diálogo propositivo,
estará conjugándose la alternativa adversa en medio del patrón oscuro de
intereses (también gremiales y quizá más organizados) que no van en pro de la
educación superior.
Sin embargo, no endilguemos
responsabilidades que desarticulan per se nuestro propósito: la reivindicación
de las prerrogativas sociales y la lucha histórica del movimiento sindical
entorno a la agudización del conflicto propio de los países en vía de
desarrollo, le ha otorgado un plus filosófico y quizás axiológico, dentro del
contexto de equilibrio y legitimación de los postulados de un Estado Social de
Derecho. En ese orden de ideas, el sindicalismo docente debe ser espacio de
gestión pedagógica y de acción premeditada en tano enseñanza y labor continua
que “contamine” a las demás esferas de la academia universitaria. Sabemos de
sobra, que el Sindicato de Docentes de la Universidad Libre está en consonancia
con estas pequeñas reflexiones, y que en esa misma línea, su legitimidad no
resiste el menor análisis; aun así, es menester advertir que la tarea es ardua
y todavía larvaria. Si la misión, teleología o lógica deóntica del docente es
la de convertirse en el brazo idóneo que coadyuva en el enriquecimiento del
individuo, de la ciencia o del universo, no podremos concebir jamás una
docencia fútil y al servicio de intereses innobles. Un sindicato docente, en
últimas, debe convertirse en algo imprescindible, en un ineludible para crear
Nación. ¿De quién depende? La pregunta debe quedar en los anaqueles de este
evento, pero seguramente será respondida sin ninguna duda cuando comprendamos
que la capacidad de la acción es el mejor portento de la ruptura entre los
oprimidos y los ya desgastados opresores[10].
CONCLUSIONES
La consideración lineal de la
exposición permite cerrar el tema sobre el comienzo, y aseverar que la
educación se sitúa en la cotidianidad, en las aulas de clase y con la relación
dialéctica de educandos y educadores.
En el contexto de La Universidad Libre
de Colombia, es clave, pero no tan práctico colegir que el termómetro de la
calidad mide de acuerdo a un sistema crítico de evaluación, coherente y
objetivo, donde prime el carácter pedagógico y no los egos o “amiguismos”
institucionales. Si no se construye este prototipo de medición, no podrá
trazarse la senda que guíe estudiantes propositivos ni constructivos; por
tanto, es imperativo aceptar que un correcto sistema de evaluación docente es a
la vez un arquitecto de sociedad.
Vale hacer notar que de la misma forma
como un estudiante es evaluado por su productividad intelectual y su compromiso
con el saber, un docente debe ser justipreciado por tales condiciones. Es por
eso necesaria la preponderancia porcentual en los tópicos que tocan lo
pedagógico, lo didáctico, y el desempeño en el cargo.
Como sostén de este objetivo y de este
modelo, deben eliminarse los aspectos valorativos que tecnifican el ejercicio
educador y contrarían la profesionalización del rol docente. De igual forma, el
desarrollo material de los parámetros debe conquistar la profundidad, con esto
hago referencia al carácter etéreo que se refleja en la formulación de los
cuestionarios a estudiantes, que con afán responden ante la limitación de
acceso a su registro de notas. Y por último, la erradicación de la evaluación
administrativa y la autoevaluación, son alternativa para una valoración docente
que consiga permearse de imparcialidad y desapasionamiento.
En relación con lo anterior, es
importante el papel corajudo que deben matizar las organizaciones sindicales a
la par con el movimiento estudiantil, que bajo la égida de la academia tienen
que unir fuerzas sobre lo fundamental, con criterios de solidaridad y
autonomía, para así enarbolar la bandera del pensamiento en el campo de la
verdadera calidad, que por naturaleza hace divergencia con la estandarización;
y con ello rescatar de la insensatez ese mecanismo que es el llamado a
conservar el quid universitario: la evaluación docente.
Para finalizar, una vez liberados, los
sectores base de la comunidad universitaria se convierten en la piedra angular
edificadora de cambios, en pro de la Universidad, de la sociedad, y con miras a
construir Nación.
[1] Galeano, Eduardo (1971). Las
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[2] Camacho Ledesma, Alberto. (2012). La degeneración de un proyecto
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