“Perdonando es uno perdonado"
Familiares de víctimas
de la masacre en acto clerical en 1964
William Felipe Hurtado Quintero
Abogado – Universidad Libre Cali
El conflicto armado
que afronta Colombia tiene sus raíces en múltiples sucesos que extienden su
órbita hasta los orígenes de nuestra vida republicana, de forma indirecta, pero
la causa directa de su surgimiento fue sin lugar a dudas el trágico 9 de abril
de 1948 cuando la mano oscura del fascismo ultimó la vida de nuestro hermano y
caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, en ese momento la rivalidad bipartidista
tomó magnitudes que sólo son comparables con la guerra de los mil días, sin
embargo, el actual conflicto goza de características más siniestras, si a saber
se tiene el número de víctimas y lo mucho que ha sobrevivido en el tiempo.
El conflicto armado ha
mutado demasiado desde sus orígenes hasta hoy, es por eso que la lectura del
mismo debe hacerse desde diferentes ópticas, diferenciando el análisis de las
causas del estudio de su desarrollo y transfiguración política, de lo contrario
se puede caer en el vicio intelectual de abarcar sin concretar detalles
significativos. Es esa la razón por la cual este trabajo descriptivo centra sus
letras en un hecho específico del conflicto armado, a saber: la masacre de
Marquetalia, tema que permite identificar con generalidad las causas
sociológicas de la guerra que desangra a Colombia. Para abordar el tema de la
masacre, es necesario hacer un breve análisis del contexto social, político e
histórico de Colombia en 1963.
Habían pasado quince
años desde el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán y la violencia bipartidista se
resistía a ceder, la rivalidad bipartidista que profundizó su grito en “El
Bogotazo”, se extendió hasta la Colombia rural que en ese entonces era la
mayoría del territorio geográfico y poblacional del país, lo que se reflejó en
el surgimiento de guerrillas de resistencia liberal ante los actos de
persecución del gobierno a través de las tristemente recordadas policías
“chulavitas”. La situación política del país era tan ambivalente como el
panorama social, en esos quince años Colombia vivió hechos relevantes como la
dictadura militar de Rojas Pinilla desde 1953 hasta 1958, año en que se
estableció el Frente Nacional como intento de paz entre los partidos
tradicionales y que tuvo como primer presidente al liberal Lleras Camargo, pero
que lejos de reconciliar el territorio nacional, se evidenció como un mero ejercicio
burocrático que terminó por desentender a las bases con las direcciones
partidistas. En 1962, es electo presidente Guillermo León Valencia, quien toma
como lema la “Pacificación del territorio Colombiano”, eslogan que luce
conciliador, pero que materialmente significó una política castrense en contra
de los grupos campesinos que comenzaban a alzarse en contra de la represión.
Así como muchos presidentes en Colombia desde que estalló el conflicto armado,
Guillermo León Valencia prometió que con su período presidencial terminaría la
guerra, promesa que no logró con sus
políticas militares. El año de 1963 fue un año de mucha agitación política,
sobre todo en el movimiento estudiantil que comenzaba a sublevarse a la par con
los movimientos sociales del país, planteando tesis para la construcción de modelos
educativos y reformas políticas, movilización que perduró en los seguidos años,
obligando al gobierno a declarar Estado de sitio por la situación de orden
público. En este período Colombia comenzó a urbanizarse con la construcción de
cerca de 60.000 viviendas de interés social, sumado esto a los desplazamientos
forzados que comenzaban a incrementarse a raíz de la situación armada en los
campos de Colombia. En conclusión, la Masacre de Marquetalia fue ejecutada en
un período donde Colombia profundizaba su conflicto armado a causa de las
políticas de militarización que buscaron la pacificación a partir de la
beligerancia y no de la restructuración social y política, lo que ocasionó los diferentes
levantamientos; expresiones como el fenómeno estudiantil sirven de ejemplo para
ilustrar el panorama de indignación y protesta que vivía el pueblo, a
diferencia de sus gobernantes, quienes con el Frente Nacional hicieron un pacto
burocrático para rotarse las mieles de Colombia.
El 5 de agosto de
1963, mientras en el contexto mundial ocurrían hechos como la firma del tratado
de prohibición de pruebas atmosféricas, espaciales y submarinas entre E.U., la
Unión Soviética y el Reino Unido; la mejora del record mundial de salto con
pértiga por parte del estadounidense John Pennel al superar los 5,13 metros de
altura; y cuando en el lago salado de Bonneville (Utah), el estadounidense
Craig Breedlove alcanza los 653,71 km/h. y logra un nuevo récord mundial
absoluto de velocidad para automóviles, con el "Spirit of America", entre otros hechos, en Colombia se
preparaba la ejecución de una de las masacres más recordadas de la época de la
naciente violencia bipartidista.
Un campesino de
familia liberal, José William Ángel Aranguren, conocido por el alias de
“desquite” desde que juró desquitarse de los asesinos de uno de sus amigos,
conocido como “Terruño”, quien fue accionado después de ser exhibido desnudo en
plaza pública como un bandolero. “Desquite”, quien años atrás había sido una de
las tantas víctimas de la violencia bipartidista cuando tuvo que despedir a su
padre y a su abuelo en manos de la policía “chulavita” conservadora por el
hecho de ser militantes liberales, razón por la cual cimienta en su ser el odio
al conservatismo, prometiendo que la vida de su padre costará al menos cien
vidas conservadoras, preparaba su odisea en el camino que conecta al municipio
de Marquetalia con La Victoria, exactamente en la vereda de La Italia en La
Victoria. Ese día la cuadrilla de José William instauró un retén que detuvo dos
volquetas oficiales, una chiva, un taxi y un camión, que sumaban en su interior
cerca de sesenta personas, en su mayoría comerciantes y trabajadores de la
zona. Los pasajeros fueron obligados a bajar de los vehículos y a formar filas
de acuerdo a su filiación política – los sobrevivientes narran que las mujeres
no hicieron parte de este procedimiento de selección-. En el lugar de los
hechos, se encontraba una casa de madera, la cual era custodiada por un
encapuchado llamado Rodrigo Zuluaga Jaramillo y que en su interior protegía al
guerrillero liberal alias “Desquite”. La zona de Caldas, donde se encuentra
Marquetalia, era un sector donde los conservadores solían cometer
asesinatos de liberales, incidencia que
causó confusión frente al retén guerrillero, por lo cual algunas personas
mintieron bajo la creencia de que salvarían su vida si afirmaban que eran
conservadores, lo que los condenó a muerte. El procedimiento fue el siguiente:
Rodrigo Zuluaga, el encapuchado del cual se hizo mención en líneas anteriores,
se encargaba de hacer cuestionarios a los enfilados con el fin de identificar
su filiación política y así dividir las filas, una para liberales y otra para
conservadores; a los que fueron identificados como conservadores se les dio
orden de ingresar a la casa, y era Zuluaga quien daba la seña para indicar que la
persona podía ser liquidada. El acto fue realizado con la mayor cautela para
evitar llamar la atención y no atraer a la fuerza pública, motivo por el cual atacaron
a las personas con garrotazos en la cabeza y posteriormente con machete,
destazando su carne y desprendiendo en algunos las extremidades. En las
víctimas mortales se halló muestra física de un procedimiento sangriento muy
común en la época de la violencia, “el corte de franela”, que consistía en el
corte de la zona frontal del cuello, de tal manera que pudiese desprenderse al
estilo de una franela, y en algunos casos, el sadismo del corte llegaba al
punto de extraer por la zona la lengua, de modo que ilustrara una especie de
corbata. Algunos de los muertos fueron decapitados y sus cabezas depositadas en
el estanque de la casa. Por testimonio de los sobrevivientes se ha tenido
certeza de que el proceso de selección y ejecución duró dos horas
aproximadamente, hasta que un error de uno de los miembros del grupo de
“Desquite” hizo que se activara un arma, lo que ocasionó la huida de los
bandoleros para esquivar a la fuerza pública.
Como puede observarse,
la masacre de Marquetalia fue un acontecimiento efectuado con ligereza en
cuanto a tiempo, pero significativo en vidas mortales, si a saber se tiene que
esas dos horas de tragedia dejaron cuarenta y dos muertos y apenas veinte
sobrevivientes, cifras que sumadas a asaltos menores dirigidos por “Desquite”,
lograrían sumar la muerte de más de un centenar de personas de estirpe
conservadora, cumpliendo así el juramento hecho a causa de la muerte de su
padre. Estos sucesos menores, aunados a la gran y trágica masacre de
Marquetalia, mitificaron la imagen del bandolero José William, quien incentivó
temor en los conservadores y confianza en el campesinado liberal, pero ante
todo, concentración de las estrategias militares por parte del gobierno de
Guillermo León Valencia. Al final, el gobierno de León Valencia ganaría la
batalla contra el reputado alias “Desquite”, pues en 1964 lograría acabar con
su vida en el municipio de Venadillo, Tolima, con acciones realizadas por las
tropas del batallón Colombia, comandadas por el recordado coronel Matallana.
José William Ángel fue exhibido por varias veredas en los departamentos de los
departamentos de Tolima y Caldas para brindar tranquilidad a los pueblos que
fueron perjudicados por sus acciones. Este hecho dio un pequeño golpe anímico
al proyecto pacificador de Valencia, pero no fue más que eso: un pequeño golpe,
pues cincuenta años después la historia sólo ha variado en sus formas, sin
contar un solo instante de paz y demostrando el fracaso de la militarización.
Es muy fácil para la
historia satanizar a personajes como “Desquite” y puede que tenga razón en
hacerlo, pero es difícil ir más allá del contexto fáctico y profundizar en los
factores sociales que llevaron a Colombia a padecer en sangre su propia
historia. Personajes como José William los ha habido en cantidades desde hace
más de sesenta años, unos movidos por la necesidad, otros por la indignación, y
otros que como él, lo hicieron por el germen de la venganza. Ninguna masacre
merece apología, a pesar de lo “justificada” que pueda estar desde el plano
filosófico, pero de estos sucesos sí vale la pena tomar postura reflexiva
frente a sus fuentes y la dinámica de causa y efecto. Las condiciones de
Colombia la han llevado a ser cuna de actores del conflicto que se han
caracterizado, en su mayoría, por ser personas pertenecientes a un abandonado
sector de la sociedad, es ahí cuando se detalla que el conflicto es algo que
trasciende de la unilateralidad y así como la insurgencia ha cometido errores
reprochables en el campo bélico, el gobierno colombiano debe aceptar que fue el
causante del conflicto, olvidándose de la ruralidad y gobernando con la mano
fascista que acabó con la vida de Gaitán. Pecaminoso es desde el punto de vista
jurídico desconocer la condición de victimario que viste a “Desquite” en los
anaqueles de la historia, pero igual de obsceno es desvirtuar su condición de
víctima al interior de un conflicto que viene heredándose desde hace seis
generaciones. El debate de la paz – hoy que estamos ante un proceso de
terminación de la guerra- debe abordar no sólo el matiz militar, tiene que ser, por
obligación, integral frente a las condiciones materiales que dieron
origen a este capítulo de nuestra historia, lo que incluye una reforma agraria,
una restructuración del sistema educativo y de salud con un visión igualitaria,
garantías para la participación política, etc., de lo contrario, hará parte del
epitafio de la patria boba aquella frase que acuñó el fundador del nadaísmo,
Gonzalo Arango, dirigida precisamente a José William Ángel, “Desquite”:
“…Nunca la vida fue tan mortal para
un hombre. Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña:
¿No habrá manera de que Colombia en
lugar de matar a sus hijos los haga dignos de vivir?
Si Colombia no puede responder a esta
pregunta, entonces profetizo una tragedia: Desquite resucitará y la tierra
volverá a ser regada de sangre, dolor y lágrimas…”
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